Obsesionado por ser admirado por las mujeres, pero sin poseer ningún mérito intrínseco, el hombre construye una sociedad artificial que le proporciona una apariencia del mérito a través del dinero, del prestigio, de la clase social alta, los títulos, la posición y el conocimiento, relegando en lo más bajo de la escala social económica y educacional a la mayor cantidad posible de hombres.
El objetivo de la educación superior no es educar sino excluir a los demás de las distintas profesiones.
El hombre, aunque capaz de comprender y de utilizar el conocimiento y las ideas, no puede entrar en relación con ellas, aprehenderlas emocionalmente; no valora el conocimiento y las ideas de sí mismas (son simplemente medios para lograr fines) y, en consecuencia, no necesita comunicaciones de tipo intelectual, no necesita cultivar las facultades intelectuales de los otros. Por el contrario, su interés es la ignorancia; sabe muy bien que una población de mujeres inteligentes y conscientes significa el fin de su reinado. La mujer orgullosa y saludable desea la compañía de sus iguales a quienes puede respetar y con quienes puede desarrollarse; el macho y la mujermacho enfermos, inseguros y carentes de confianza en sí mismos anhelan la compañía de los parásitos, de las larvas.
El hombre no puede llevar a cabo una genuina revolución social, pues quienes se hallan en las altas posiciones del poder allí desean permanecer, y quienes están abajo desean ocupar un alto puesto. La rebelión, entre hombres, es una farsa; vivimos en una «sociedad» masculina hecha por el hombre para satisfacer sus necesidades. Nunca está satisfecho, pues le resulta imposible. Aquello contra lo cual el hombre rebelde se rebela, es el hecho de ser hombre. El hombre cambia solamente cuando la tecnología se lo impone, cuando no le queda otra alternativa, cuando la sociedad alcanza un nivel en el cual él debe cambiar o morirse. Ahora lo hemos alcanzado; si las mujeres no mueven rápidamente el culo, corremos peligro de reventar.
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